“…y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo,” Hechos de los Apóstoles 6:5
Esteban fue uno de los siete electos como diáconos a quienes los apóstoles les asignaron la tarea de servir a las mesas y repartir equitativamente los alimentos. Si vemos en el versículo 6, los requisitos que se asignaron a los que serían escogidos, fue que fueran “hombres de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría,”, de manera que los siete cumplían estas características, más adelante Felipe lo demostraría (8:4-8). Pero, si leemos cuando se presenta la lista, a Esteban le resaltan lo que aparece en el versículo base. ¿Quién era este varón?, ¡cómo me gustaría saber más de él! Si tenía familia, cómo oyó por primera vez del evangelio, cuando aceptó, cómo cambió su vida, en fin, es lógico que al oír de un hombre de características y actitud extraordinarias, da deseos de conocer más de él. Hoy meditaremos en su testimonio hablado y que se encuentra en el capítulo 7, recordemos que en el año 1 de las meditaciones del tal Tachus, ya escribimos sobre la forma como honró a Dios con su muerte, siendo el primer mártir del cristianismo después del Santo Sacrificio.
El discurso que presentó este varón ante el Sumo sacerdote es un resumen de la historia del pueblo de Israel iniciando con Abraham y terminando con la venida del Justo y del Espíritu Santo. Dos argumentos centrales presenta Esteban: el rechazo histórico al mensaje de Dios ratificado por los que mataron a Jesucristo y en su tiempo rechazando al Espíritu Santo y, el hecho de que Dios habita en templo no hecho por manos de hombre. Los dos argumentos nos abre la oportunidad para ratificar lo que ha sido también nuestros argumentos principales: la necesidad de aceptar a Jesucristo como Salvador para gozar de la vida eterna y la realidad de que cuando esto pasa, el Espíritu Santo viene a morar en nosotros. Pero, la llenura del Espíritu Santo y sus manifestaciones, requiere de doblegar nuestra voluntad totalmente a Dios.
Esta manifestación que el Espíritu de Dios mostró en Esteban es digna de estudiar. No sabemos, como dijimos, mucho de este varón, aunque no creemos que hubiera tenido la oportunidad de ser educado en la Ley como la tuvo Pablo, quien estudio ‘a los píes de Gamaliel’, erudito de ese tiempo. Si no fue así es de admirar el conocimiento que tenía de la historia presentando los hechos en forma cronológica. La historia había sido transmitida de dos formas, en forma hablada y en los escritos de Moisés y de los otros escritores. Pero, no solo se quedó con la historia, apela también a los escritos de los profetas. Este conocimiento significó ser un asiduo lector de la Palabra motivado por el deseo de conocer a su Dios y la historia de su pueblo, Israel, que por algo se le llama ‘el reloj de Dios’.
Tampoco sabemos si Esteban estudió hermenéutica y homilética, pero lo que si es cierto es que el resumen que hace de toda la historia es magistral. Toma los hechos que interesa para desarrollar sus dos argumentos principales, los ordena y resalta los más importantes, estableciendo la conclusión de forma por demás brillante.
El final de su discurso es una confrontación directa y expuesta sin temor. No era pues, un discurso elegante con el objetivo de demostrar su conocimiento y habilidad, no, el objetivo principal era confrontar a los oyentes con la actitud desacertada que estaban tomando con respecto a Dios y a su enviado al que llama aquí el Justo. Un sermón que no incluya la realidad de la Redención es un sermón que no está completo, siempre que un cristiano habla, debe divulgar la necesidad de aceptar la Salvación.
Todo esto que constituyó el testimonio hablado de Esteban, sin conocer sus antecedentes históricos y su hoja de vida, tiene una base cierta y una razón ineludible: era un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo. Por eso, no solo no tenía miedo de hablar, sino que era inspirado por el Espíritu de Verdad. Solo en esa forma se puede explicar la forma como enfrentó el martirio de la lapidación.
¿No te dan ganas de actuar como él?
Oscar Eugenio Dubon Palma, el tal Tachus, ¡qué ejemplos los que tiene la Palabra!
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